Durante mucho tiempo pensé que para criar bien necesitaba hijos obedientes, responsables y ejemplares. Con los años comprendí que Dios no quería trabajar solamente en ellos: también quería sanar, formar y transformar profundamente mi corazón.
Si hace algunos años alguien me hubiera dicho que muchos de los problemas que veía en la crianza no comenzaban en mis hijos, sino dentro de mí, probablemente me habría resultado difícil aceptarlo. Yo amaba profundamente a mis hijos. Quería protegerlos, enseñarles buenos valores y verlos crecer como personas responsables. Sin embargo, el amor por sí solo no sanaba mis heridas, no corregía mi impaciencia ni me enseñaba automáticamente a comprender cada etapa de su desarrollo.
Crecí en Cuba, dentro de una cultura en la que la crianza era, por lo general, mucho más autoritaria. Los adultos hablaban y los niños obedecían. Muchas veces no se explicaban los motivos: las cosas se hacían porque el adulto así lo había decidido.
Además, fui militar. Aprendí a actuar con rapidez, disciplina, exigencia y orientación hacia los resultados. Muchas de esas cualidades me ayudaron en diferentes etapas de mi vida, pero también llevé algunas de ellas a mi hogar sin darme cuenta. A veces trataba la vida familiar como si todos tuviéramos que marchar al mismo ritmo.
Yo quería criar hijos buenos, pero todavía no comprendía que Dios también quería enseñarme a ser una madre más sana, paciente, consciente y dispuesta a aprender.
Mi manera de entender la maternidad comenzó a cambiar especialmente después de mudarme a Alemania. Empecé a cuestionar patrones, conocer otras formas de acompañar a los niños y observar con mayor atención lo que ocurría dentro de mí.
Este artículo no está escrito desde la perfección. Tampoco es una lista para señalar a otras madres. Es el testimonio de una mujer que ha cometido errores, ha tenido que pedir perdón y continúa aprendiendo. Comparto estas experiencias porque quizá alguna madre pueda reconocerse en ellas y comprender que todavía es posible comenzar de nuevo.
Creer que el problema eran mis hijos y no trabajar primero en mí
Durante mucho tiempo concentré casi toda mi energía en mis hijos: su comportamiento, sus estudios, sus hábitos, su obediencia y todo lo que necesitaban corregir. Pensaba que mi responsabilidad principal era conseguir que ellos cambiaran.
Sin embargo, no siempre me detenía a mirar lo que estaba ocurriendo dentro de mí. Había heridas, frustraciones, inmadurez, cansancio, expectativas y reacciones que necesitaban ser tratadas. Algunas respuestas que yo atribuía al comportamiento de mis hijos nacían, en realidad, de mi propia impaciencia.
Comprendí que trabajar en mí no significaba desatender a mis hijos. Significaba asumir la responsabilidad de convertirme en un ejemplo más sano para ellos.
No podía pedirles que aprendieran a regular sus emociones mientras yo perdía el control con facilidad. No podía exigirles una comunicación respetuosa si mis palabras salían cargadas de enojo. No podía enseñarles paz mientras vivía permanentemente acelerada.
“¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”Mateo 7:3
Querer hacer todas las cosas perfectamente
El perfeccionismo puede disfrazarse de responsabilidad. Yo quería que todo estuviera bien hecho: la casa, los horarios, la educación, las responsabilidades y el comportamiento de mis hijos.
El problema no era desear orden o excelencia. El problema era convertir cada error, demora o cambio de planes en una amenaza contra la imagen de la madre que yo creía que debía ser.
Cuando una madre siente que todo tiene que salir perfecto, puede terminar corrigiendo no porque algo sea verdaderamente importante, sino porque teme perder el control. También puede trasladar esa presión a sus hijos y hacerles sentir que su valor depende de lo bien que se comporten o de cuánto consigan.
Con el tiempo entendí que una familia saludable no es una familia sin errores. Es una familia donde se puede aprender, conversar, reparar el daño y volver a intentarlo.
Vivir siempre con prisa y esperar que todos siguieran mi ritmo
Yo estaba acostumbrada a actuar rápidamente. Siempre había algo que terminar, organizar, limpiar, preparar o resolver. Sin darme cuenta, convertí muchas actividades cotidianas en pequeñas carreras.
Un día estaba apurando a una de mis hijas para que terminara de bañarse. Le repetía que debía hacerlo rápido, aunque en realidad no había ninguna urgencia.
Cuando entré al baño, sentí que el Espíritu Santo confrontaba mi corazón con una pregunta muy sencilla: ¿por qué la estás apurando?
No tenía una respuesta verdadera. No llegábamos tarde. No había una emergencia. Era simplemente mi costumbre de vivir corriendo y de esperar que los demás se adaptaran a ese mismo ritmo.
Aquella experiencia me ayudó a comprender que mis hijos también tenían derecho a disfrutar sus momentos. Bañarse, vestirse, jugar, observar algo interesante o contar una historia no tenían que convertirse siempre en tareas que debían terminarse cuanto antes.
La prisa constante puede robarnos la oportunidad de contemplar, conversar y conectar. También puede hacer que tratemos como desobediencia lo que a veces es simplemente el ritmo normal de un niño.
“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.”Eclesiastés 3:1
Gritar y dar rienda suelta a palabras que podían herir
Uno de los errores de crianza que más dolor puede causar es usar palabras sin medir el efecto que tendrán. En momentos de cansancio o frustración, podemos elevar la voz, exagerar, etiquetar o decir cosas que después lamentamos.
Quizá una madre olvide una frase pronunciada durante una discusión, pero un niño puede conservarla durante años. Expresiones como “siempre haces lo mismo”, “no puedo contigo” o “tu hermano sí sabe comportarse” no corrigen solamente una conducta: pueden tocar la identidad.
Aprendí que la autoridad no aumenta cuando subimos el volumen. Un grito puede producir obediencia momentánea por miedo, pero no necesariamente forma convicción, dominio propio o sabiduría.
Esto no significa que una madre nunca deba hablar con firmeza. Significa que firmeza y humillación no son lo mismo. Podemos establecer límites claros sin destruir la dignidad de nuestros hijos.
“La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor.”Proverbios 15:1
Confundir autoridad con control absoluto
Yo provenía de una crianza en la que los niños debían obedecer porque sí. Además, mi formación militar reforzaba ideas relacionadas con la disciplina, la rapidez y el cumplimiento de instrucciones.
Tener autoridad como madre es necesario. Los niños necesitan límites, protección, dirección y adultos capaces de tomar decisiones. Sin embargo, ejercer autoridad no significa controlar cada pensamiento, emoción, preferencia o expresión.
Cuando solo nos interesa conseguir obediencia exterior, podemos dejar de preguntar qué está sucediendo en el corazón del niño. Quizá obedece, pero tiene miedo. Quizá permanece callado, pero no se siente comprendido. Quizá cumple, pero no ha desarrollado criterio propio.
Mi propósito no debía ser criar hijos incapaces de cuestionar o pensar. Debía acompañarlos para que aprendieran a discernir, asumir responsabilidades y tomar decisiones sabias aun cuando yo no estuviera presente.
Querer que mis hijos fueran modelos a imitar y se parecieran a mí
Yo quería que mis hijos se portaran bien. Quería que fueran educados, responsables y un modelo para otros. En parte, ese deseo nacía del amor y de mi anhelo de verlos crecer correctamente.
Pero también había una carga escondida: sentía que si ellos no se comportaban de manera ejemplar, entonces mi trabajo como madre no estaba funcionando. Su conducta se convertía en una especie de examen público de mi maternidad.
Además, muchas veces esperaba que fueran como yo: que valoraran lo que yo valoraba, que reaccionaran como yo reaccionaba y que desarrollaran las cualidades que yo consideraba más importantes.
El Señor me enseñó algo que cambió profundamente esa visión: ni siquiera su deseo era que mis hijos se convirtieran en una copia de mí . Dios los creó con una personalidad, unos dones, una sensibilidad y un propósito particulares.
Mi responsabilidad no consiste en fabricar personas según mi propio molde. Consiste en ser un instrumento para ayudarlas a descubrir quiénes son delante de Dios y acompañarlas hacia el propósito que Él tiene para sus vidas.
En la Biblia vemos cómo Dios dio instrucciones relacionadas con la vida y el llamado de ciertos hijos antes incluso de que sus madres pudieran comprender todo lo que ocurriría. La madre de Sansón recibió orientación acerca del niño que tendría. Ana reconoció que Samuel pertenecía al Señor y lo entregó para el propósito al que había sido llamado.
Estas historias me recuerdan que criar no es imponer únicamente lo que yo quiero. También es orar, observar, escuchar y pedirle a Dios sabiduría para reconocer lo que Él ha depositado en cada hijo.
“Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre.”Salmo 139:13
Comparar a mis hijos, aunque creyera que lo hacía para motivarlos
Algunas comparaciones pueden parecer inocentes. Podemos decirle a un hijo que observe lo bien que su hermano organiza sus cosas o cómo otro niño se esfuerza, pensando que así aprenderá algo positivo.
Yo también he utilizado comparaciones con la intención de enseñar, motivar o animar a reconocer las virtudes de otros. Sin embargo, comprendí que los niños no siempre interpretan ese mensaje como nosotros esperamos.
En lugar de escuchar “tú también puedes aprender esto”, pueden escuchar “el otro es mejor que tú”. La admiración que queríamos provocar puede convertirse en rivalidad, inseguridad o resentimiento.
Cada hijo tiene ritmos, capacidades y áreas de crecimiento diferentes. Uno puede ser más organizado; otro, más sensible. Uno aprende rápidamente; otro necesita observar y repetir. La diferencia no significa inferioridad.
Saltar inmediatamente a resolver y defenderlos ante cada dificultad
Cuando amamos a nuestros hijos, queremos evitarles dolor, frustración y rechazo. Nuestro primer impulso puede ser intervenir, hablar por ellos, solucionar el conflicto o retirar cualquier obstáculo.
Acompañar y proteger es parte de nuestra responsabilidad. Pero resolver cada pequeña dificultad puede impedir que desarrollen capacidades necesarias: expresar lo que sienten, pedir ayuda, afrontar una conversación, tolerar la frustración y buscar soluciones.
No se trata de abandonarlos ni de dejarlos enfrentarse solos a situaciones que superan su edad o que pueden ponerlos en peligro. Se trata de discernir cuándo necesitan que intervengamos y cuándo necesitan que permanezcamos cerca mientras ellos dan el siguiente paso.
A veces la pregunta más útil no es “¿cómo puedo resolver esto por ti?”, sino: “¿qué crees que podrías hacer y cómo puedo acompañarte?”
No formarme suficientemente sobre crianza y desarrollo infantil
Este es posiblemente uno de los errores que incluye muchos de los anteriores. Durante años, gran parte de lo que hice como madre provenía de lo que había visto, vivido o considerado correcto.
Sin embargo, conocer el desarrollo infantil cambia nuestra manera de interpretar muchas conductas. Un niño pequeño no posee la misma capacidad de regulación que un adulto. Un adolescente necesita autonomía, pero también límites. Cada etapa requiere expectativas, estrategias y formas de comunicación distintas.
Para ejercer muchas profesiones estudiamos durante años. Para conducir debemos conocer normas y superar pruebas. Sin embargo, a veces llegamos a la maternidad pensando que el amor y el instinto nos proporcionarán automáticamente todas las herramientas.
El amor es fundamental, pero también necesitamos aprender. Formarse no significa seguir ciegamente todas las tendencias de crianza. Significa estudiar, contrastar, orar, observar a nuestros hijos y utilizar principios coherentes con nuestra fe y con las necesidades reales de cada etapa.
También comprendí que el discipulado en casa necesita intención. No basta con desear que nuestros hijos conozcan a Dios. Necesitamos buscar formas adecuadas para su edad: conversaciones, historias, música, preguntas, actividades, lectura bíblica y oportunidades para aplicar lo aprendido.
“El corazón del entendido adquiere sabiduría; y el oído de los sabios busca la ciencia.”Proverbios 18:15
No comenzar antes a prepararme económicamente para su futuro
Cuando tuve a mi primer hijo, no pensaba con suficiente claridad en las necesidades que aparecerían muchos años después. La vida diaria ocupaba casi toda mi atención y el futuro parecía lejano.
Con el paso del tiempo llegan gastos relacionados con estudios, actividades, salud, transporte, formación, vivienda y otras oportunidades. Por eso, uno de mis aprendizajes ha sido la importancia de planificar y ahorrar, incluso cuando solo podemos comenzar con una cantidad pequeña.
Prepararnos económicamente no consiste en intentar controlar cada detalle del futuro ni en pensar que el dinero resolverá todos los problemas. Se trata de practicar responsabilidad, mayordomía y previsión.
También implica enseñar a nuestros hijos progresivamente a administrar, esperar, valorar lo que reciben y comprender que las decisiones presentes pueden afectar las oportunidades futuras.
La crianza de mis hijos también ha sido una escuela para mí
Durante mucho tiempo pensé que mi tarea consistía principalmente en formar a mis hijos. Hoy comprendo que, mientras intento guiarlos, Dios también utiliza la maternidad para revelar áreas de mi corazón que necesitan transformación.
Mis hijos me han mostrado mi impaciencia, mi necesidad de control, mis temores y mis expectativas. Pero también me han enseñado a detenerme, escuchar, pedir perdón, comenzar otra vez y amar de una manera menos centrada en mis propios planes.
No considero que ya haya llegado a la meta. Sigo aprendiendo. Sigo teniendo días difíciles. Sigo descubriendo formas más sanas de comunicarme y acompañarlos. La diferencia es que ahora no veo la crianza únicamente como la tarea de corregirlos a ellos. También la veo como una invitación a permitir que Dios continúe formándome.
Preguntas para detenernos y pensar
No tienes que responderlas todas ahora. Puedes guardarlas, escribir en un cuaderno o conversar sobre ellas con tu esposo o con una persona de confianza.
No quiero ser una madre perfecta, sino una madre enseñable
Cuando reconocemos nuestros errores, podemos sentir culpa o pensar en todo lo que habríamos hecho de otra manera. Pero permanecer atrapadas en la culpa no transforma nuestro hogar.
Lo que puede producir una diferencia es reconocer, reparar y comenzar a actuar de otra manera. A veces tendremos que pedir perdón. A veces necesitaremos ayuda. A veces tendremos que aprender algo que nadie nos enseñó. Y otras veces tendremos que aceptar que el proceso será más lento de lo que quisiéramos.
Nuestros hijos no necesitan escuchar que nunca nos equivocamos. También necesitan observar cómo una persona reconoce su error, busca reconciliación y permite que Dios transforme su carácter.
Tal vez tú también reconociste alguno de estos errores. Eso no significa que seas una mala madre. Significa que eres una persona en proceso, igual que tus hijos.
Hoy puede ser un buen día para detener la prisa, iniciar una conversación, pedir perdón o dar un pequeño paso hacia una crianza más consciente, sabia y llena de propósito.
Educar con propósito no significa tener que hacerlo todo sola
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